SON CELOSAS

Así son ellas, ellas en general, y por eso mismo no se van a llevar bien nunca. Sobre todo, y especialmente, cuando hay un varón en el medio.
Son femeninas las dos. Atrapan al masculino y lo atraen por sus curvas, por su habilidad de hacerlo gozar dentro de un rectángulo, más parecido a un ring de boxeo que a una cama doble.

El hombre se deja atrapar, se engatusa en su cabeza y no puede decidirse, nunca, absolutamente nunca, por una de las dos. Por una y solo una. Si le dieran a elegir, y los casos me constan, en la más rotunda y determinante de las decisiones, muchas veces termina solo con una, divorciado hasta nuevo aviso de la otra. No se llevan, no pueden convivir, saben que no pueden y no lo niegan, aunque a veces le dan falsas esperanzas y el macho, él solito, tiende a creerse la fantasía de que esa convivencia es posible, real e incluso duradera. Y así se miente. Porque sabe que si la vida fuera una u otra, terminaría suicidado o durmiendo en la calle o viendo la tele en lo de un vecino habiendo sido expulsado en la mitad de la noche.

Lo interesante, lo particular, es que cuando no hay un hombre en el medio, ellas se llevan de maravilla. Se buscan incluso. Se las ha visto, a las dos juntas, hacer cosas interesantes y atractivas para cualquier ojo crítico. Pero cuando entra el hombre, por más que la relación entre las femmes esté consolidada, siempre ahí que el hombre aparezca en escena, la relación empieza a debilitarse hasta convertirse en un trío amoroso y no sexual, que acabará, no con las mujeres echando al entrometido, sino al molesto teniendo que decidir por una u otra.

Son así, so celosas. Son histéricas, nos enseñó Sigmundo a principio del siglo veinte. Él, muy a su pesar, estudió a una sola de ellas. Pero no me cabe la menor duda que cuando empezó a hablar de las mujeres nunca imaginó que se podía transpolar a cualquier femenina amada y acariciada por el hombre-varón. Los genios son genios y trascienden por algo. Y él lo logró como pocos. Las nombraba histéricas y las relacionaba con síntomas físicos como la parálisis y la incomunicación. Hoy, un filósofo de nuestra materia bautizó a la otra como caprichosa y la relacionó con la parálisis del corazón humano y la incapacidad de transmitir a través del habla una cantidad infinita de sentimientos nuevos. Vaya paradoja podemos pensar. Así se las define (y definió) a cada una en el momento histórico en que ocuparon el centro del debate del pensamiento. Sabemos que para cada campo y por cada genio podemos encontrar cientos de estúpidos y poco instruidos que pueden hablar barbaridades sobre el tema referido. Por eso, y simplemente por eso, solo se recuerdan las palabras de unos pocos.

Se empezaron a debatir la dominación sobre la masculinidad, cuando una, atrevida, firme y reluciente, se metió en la casa de la otra sin previo aviso ni mediación alguna. Ahí empezó la debacle. Dicen, algunas lenguas de algunos países, que esta nueva convivencia impulsó la ley de divorcio. No lo digo yo, no lo dice ninguna de las partes. Lo dice la historia.

No les pedimos una tregua. Jamás, nunca. Nada parecido a un tratado de paz o un posible decálogo de convivencia. No se los pedimos, aunque a veces soñamos con él, porque no queremos perder el tiempo que ya perdieron nuestros padres. Ellos si persiguieron ese sueño, lo hicieron más que el propio Luther King. Lo tenían, pero se dieron cuenta que un acuerdo simplemente arruinaría el futuro y la continuidad de la especie.

Somos hombres y tenemos que asumirlo. Nunca nuestra vida podrá ser entregada de manera absoluta y tajante a ambas. Se presentan como categorías excluyentes del amor incondicional a ultranza. Son celosas y así las queremos. Nos gustan por y a pesar de ello. Si no fueran así, las dos, no existiría motivo para tomar una decisión. Vivimos con esa tensión, nos desalmamos en el debate y es ese punto de hervor alcanzado por la sangre lo que nos mueve a luchar por ese amor.

Amamos su todo. Su folclore, su forma de desvivirse por nosotros cuando el amor está debida y exclusivamente abocado, las pasiones desconocidas que despiertan por nosotros, las horas de sueño que nos quitan, sobre todo los fines de semana cuando es necesario madrugar para mantenerlas satisfechas.

Les agradecemos que sean así, que nos hagan sentir vivos, que nos hagan caminar por la cornisa y ponernos entre la espada y la pared. Nos apasiona sentir esa adrenalina, ese no saber si podré volver a casa y disfrutar de ese grito ahogado suplicando amor y agradeciendo al cielo por tanta magia. Somos así. Ustedes celosas, nosotros masoquistas insensibles que nos gusta sufrir tanto por el amor que se fue como por la herida de batalla triunfal mostrada a los compañeros.

Les agradecemos celosas, histérica y caprichosa, por hacernos más amigos de nuestros amigos. Por darnos eternas horas de fervoroso debate con nuestros colegas sobre las diferentes formas de tratar a cada una con la palabra, el gesto y el contacto. Son eternas las discusiones porque ustedes las hacen así. Siempre se presentan con alguna novedad o un desvarío que nos hace arrancarnos los pocos pelos que ya nos van quedando. Y así, sin darse cuenta, consolidan el amor fraterno del amigo y hacen de la muerte un deseo lejano pero acompañado, casi ilusoriamente, de ambas.

Sabemos, de todos modos, que siempre, casi en el cien por cien de los casos, siempre terminaremos optando por una de ustedes, que resulta ser siempre la misma. Y no, no se ilusionen o sorprendan, pero siempre elegimos la más vieja. No me refiero, y pidiendo el respeto de las aludidas, a una edad cronológica y biológica que se mide en arrugas en la piel, arreglos o recauchutes expertos o temporarios. Nada más alejado. Es la más vieja porque llegó antes a nuestras vidas y nos acompañará hasta más avanzada la historia. Nos hará, sin embargo, tomar algunas decisiones estúpidas en la vida, pero siempre será ella y siempre necesitaremos de su presencia física y amorosa para llegar al final de nuestros días acompañados por el mismo género que nos dio la vida.

Les repito y las despido: no les pedimos tregua celosas. Celosas, la mujer y la pelota.